Publicado en reflexiones

El curso de novela

Ayer tuve sesión presencial. El profe habló todo el tiempo. Fue una clase de completa escucha. Como una conferencia.

Sin embargo, me gustó. Veo que, cuando voy a la Fundación, se me hace mucho más interesante. No me arropa en la escritura, que es lo que yo pretendía. Es todo teórico, pero como el profe está cargado de erudición, me termina enganchando lo que cuenta.

También supongo que, como me pasa a mí, no responde a lo esperado para los demás, porque ha caído el número de alumnos. Ayer estábamos cuatro en un aula preparada para el doble. Había cuatro también en Zoom. Ocho en total. Y empezamos quince, mala señal.

Charlando con los compañeros, constaté que los años anteriores hacían cosas más prácticas. De hecho, lo sé incluso por G, que hizo uno in illo tempore, esa es la tónica del Centro en los otros casos y cursos.

Además, constato que los alumnos somos muy dispares. Los que apenas empiezan están perdidísimos. La madre de una exalumna, que se identificó como tal, confesó su desconcierto.

Quedan dos sesiones. Y como no nos vemos hasta el 14 de diciembre, el profe ha mandado lecturas, como deberes. Siento que nos trata como a sus alumnos de la UAM. Hace lo acostumbrado. Se prepara textos para comentar. Alude a tópicos clásicos, comparte citas concretas, todo muy académico. No es que lo haga mal, es que no responde a lo que creía.

No obstante, me interesa seguir. Por hacer algo diferente, tratar con otras personas con mi misma afición, salir un poco, no perder el contacto con el mundo en estos tiempos azarosos y pandémicos.

Ya veremos en qué queda todo.