
Son las ocho y cuarto de una mañana diferente. Tras seis meses de confinamiento, (por obligación hasta junio, y por prudencia después), JC y yo despertamos en otra ciudad.
Oigo pájaros, entra fresco por la ventana mientras tecleo estas líneas. Estamos en un apartamento con bóvedas de cañón, de ladrillo rojo. Tiene pinta de haber sido parte de las caballerizas de la casa solariega que está al lado, convertida en hotel.
No estamos lejos, en Cáceres, pero me resulta muy extraño. Supongo que he desarrollado un síndrome leve de aislamiento. Por eso nos vinimos hasta aquí, porque hay que evitar que esta maldita pandemia nos condicione todavía más. Porque debemos seguir adelante con los menos daños traumáticos posibles.
Lo que tiene que ver con la covid19 de las narices es idéntico por aquí: mascarillas, distanciamiento, geles hidroalcólicos. En las oficinas de turismo solo atienden de uno en uno y se ven un tanto histéricos. La gente, en general, sin embargo, parece más tranquila que en Madrid.
Hay turistas, grupos pequeños por la ciudad, admirando las portadas y blasones de las casas señoriales. Anoche recorrimos muchos de sus restos de murallas, torres y torreones, barbacanas, arcos y adarves. La piedra es dorada cuando le da el sol, pero pierde brillo y se pone grisácea en cuanto le falta la luz. No es tan hermosa como la de mi tierra, pero algo de por aquí también forma parte de mi legado. Y hoy nos acercaremos más a esos orígenes.
G vuelve al trabajo, dejará de hacerlo a distancia, al menos hasta nueva crisis, y se le acaba la jornada reducida que le evitaba tener que comer en el curro. Pienso en él, que estará ahora de camino, después de meses de teletrabajo. Nosotros también regresaremos a casita enseguida. Solo es una escapada.